viernes, 7 de julio de 2017

MASCUNINO Y FEMELINO



El hijo encarnó en ella como materia y creció sano 
porque su madre funcionaba como la tierra misma. 
Ella tenía, para todo su comportamiento, como ejemplo, a la Naturaleza,
pues ella misma era su reflejo, o su avatar.

Siempre estuvo disponible para cuando él la necesitaba, pero le respetaba sus espacios y nunca le invadía para que el niño se desarrollara con libertad. Ella le escuchó siempre con atención sus balbuceos y luego sus palabras, valorando sus opiniones, planteándole la posibilidad de que las cosas fueran de otra manera, porque ella era creativa y se dejaba guiar por la belleza y la verdad para aconsejarle. Le enseñó que las emociones no son peligrosas, sino que son la manera de equilibrarnos en el camino de la vida, mientras caminamos oscilando entre unas y otras. La madre nunca tuvo miedo de mostrarse cambiante emocionalmente frente a él, pues nunca le engañaba, y no le mentía sobre lo que sentía ni él mismo ni ella, contándole siempre la verdad adaptada a su edad, para que el niño comprendiera que llorar y reír, que enfadarse y ceder, que expresar y callar son la muestra de que la personalidad  de uno es sana, porque así es como uno es capaz de adaptarse a lo que la vida solicita. Le enseñó, por tanto, a no tener miedo a las emociones propias y las de los demás, porque supo que su expresión modulada es lo que mantiene el equilibrio del ser y con ello el hijo creció sin miedo ni a si mismo ni a la mujer y sus variaciones emocionales. Le enseñó para ello también a esperar y reflexionar, a meterse en la cueva de lo propio para gestar sus propias certezas, a cuidar lo emergente, a renacer en cada caída.

La madre, siempre, cada vez que le miraba, le mostró esa mirada de felicidad que le encendía el rostro. Para el niño esa mirada le decía que era él valioso, digno de amor, destinado a la felicidad y por ello fue gestando una identidad de sí mismo fluida y afirmativa. Esa mirada le permitía ser como era y esa manera era naturalmente buena. Ella siempre supo intuir sus necesidades y supo aportarle lo que no podía conseguir por sí mismo y, a la vez, supo motivarle para que él accediera a lo que ya estaba a su alcance. Por eso la confianza en la vida y en sí mismo fue su brújula de acción para siempre. Le dejó crecer respetando sus tiempos, sabiendo que la naturaleza tiene sus fases y que esos tiempos son personales y particulares en cada uno. Creó a su alrededor un ambiente armónico, pues sabía que somos también eso de lo que estamos rodeados, por eso se encargaba de que la belleza y el orden lo rodeara, y supo enseñarle a crearlo él mismo. La madre confiaba y enseñaba que la vida nos trae lo que necesitamos, que la naturaleza no crea una necesidad que no pueda ser satisfecha. Ella le enseñaba a distinguir entre la necesidad y el capricho, a permitirse disfrutar de lo primero sin limitaciones y a no dejarse arrastrar por lo segundo, pues le harían esclavo y acabarían frustrándolo. Le enseñó con el respeto al padre y viceversa, que lo femenino (no la mujer) sigue a lo masculino (no al hombre) y que lo masculino (no el hombre) sirve a lo femenino (no a la mujer). Por eso los dos géneros estaban integrados en el niño y sus cerebros estaban coordinados y por eso nunca consideró a la mujer un problema ni a su masculinidad un desafío. De ella aprendió a saber cuándo apretar y a saber cuándo relajar, a distinguir cuándo es oportuno rendirse, aceptar y cambiar y cuando es necesario apretar, esforzarse y persistir. Le mostró también a mediar entre  los individuos, pues su objetivo siempre era el bienestar del grupo, y por ello sabía limar las asperezas en cuando aparecían, para obtener una colectividad armónica. Ella sabía manejar los hilos de las relaciones grupales, para que él pudiera tener confianza en la pertenencia leal a la tribu sin tener que renunciar a su propia individualidad. Ella era sinuosa, curva, reflexiva, atrayente, misteriosa, alegre, satisfecha, creativa. Por eso el niño siempre supo amar a lo femenino dentro y fuera de sí mismo. Y así se hizo hijo y por eso, en su momento, podría ser padre.

El hijo creció sano porque el padre le enseñó a nombrar el mundo y le dio los significados adecuados y justos. El padre era y ejercía, pues, como el Verbo que discriminaba y diferenciaba, y le enseñó a distinguir lo oportuno de lo inoportuno, lo correcto de lo errado. El padre fue el transmisor de un mapa adecuado para ser seguido y no perderse siguiendo ideas confusas. El padre le enseñó con su presencia permanente que siempre sería protegido y que podía sentirse seguro y, a la vez, le enseñó a defenderse y afirmarse frente a los desafíos del camino, y por eso el niño creció activo y tranquilo.

El padre le enseñó a explorar, llevándole con él para mostrarle cómo manejarse con el mundo, como explorar las tierras ignotas que tantas serán, cómo hacerlas propias e integrarlas en uno mismo y así darles nombre y significado. El padre le mostraba cómo distinguir cuándo ser valiente y cuándo retirarse a esperar el momento propicio, y así le enseñó el arte de acechar, escuchar y tomar las decisiones correctas. Como el padre sabía que la vida de los adultos tiene límites, le enseñó a respetar los que él mismo le imponía, pues el padre era, como debe ser, la ley -si la ley es buena y justa y su fin es la felicidad-. Por eso el niño luego supo valorar lo correcto del sistema de lo equivocado, y distinguió qué valores hacer propios y qué injusticias combatir. El padre le enseñó que el poder del hombre, unidireccional, certero y persistente, ha de servir a lo femenino, flexible, receptivo, cambiante y oscilante, pues la felicidad y la aprobación de ella es la felicidad del hombre y le enseñó cómo lo femenino le seguiría a él – como la naturaleza de la planta al sol-,  si su camino lo merecía y era bueno y justo y verdadero. Y le enseñó con su ejemplo a mostrarle como el camino se creaba en base a buscar la felicidad de lo femenino, pues la de ella sería la suya. El padre supo hacerle afirmativo y ejecutivo, intenso y relajado, respetuoso y vehemente. Supo el padre también enseñarle a manejar la agresividad cuando era necesario defenderse de los desafíos y supo motivarle a intentar una y otra vez la acción fallida hasta que la competencia consigo mismo le llevaba a confirmarse que él era bueno y que él podía. Y por eso el niño se superaba a sí mismo continuamente y era estable y sereno, seguro y confiado, esforzado y ganador. Y supo tomar, con el ejemplo del padre, como buena la derrota si el otro era mejor, y con humildad la victoria si estaba con él, pues lo que él era no dependía de lo que conseguía, pero tenía siempre el derecho a ir a por ello. También el padre le enseñó a no tener que seguirle siempre, a poder derribarle a veces y a tomar su trono cuando lo mereciera y practicar así a montar su propio territorio y su propio criterio. Del padre aprendió bajo su brazo a sentirse bueno y competente, aventurero y cómico, seguro y arriesgado. Y por eso le hizo hombre

Los dioses arquetípicos, entre otras muchas cosas que no hemos mencionado, le enseñaron al hijo –con su ejemplo- su masculinidad y su femineidad sagradas. Por eso estarían ambas, dentro del hijo, y en el comportamiento del hijo, y en la mirada del mundo del hijo, los dos géneros para siempre armonizados y en sincronía. Por eso el hijo estaba completo, centrado e integrado. Por eso sus hemisferios se relacionaban bien y funcionaban simultáneos. Por eso el hijo tenía las emociones, el pensamiento, los deseos y la acción en coordinación. Y por eso ejercería y experimentaría siempre, ya sin tener que buscarlo, su derecho a ser feliz.

Y por falta de recibir todo eso, nosotros, los hijos del mundo, vivimos en la batalla de los géneros, en el desorden interno y en la violencia social: porque la madre y el padre interiores y el patriarcado y el matriarcado exteriores siguen en la batalla de la primacía, de la venganza, de la alienación y en la batalla del desamor a sí mismo, al mundo y al otro.


Mariano Alameda

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